domingo, 23 de abril de 2017

Vivir el 2º domingo de Pascua, ciclo A

JUAN 20, 19-31
Ya anochecido, aquel día primero de la semana, estando atrancadas las puertas del sitio donde estaban los discípulos, por miedo a los dirigentes judíos, llegó Jesús, haciéndose presente en el centro, y les dijo: - Paz con vosotros. Y dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos sintieron la alegría de ver al Señor.  Les dijo de nuevo: - Paz con vosotros. Igual que el Padre me ha enviado a mí, os envío yo también a vosotros. Y dicho esto sopló y les dijo: - Recibid Espíritu Santo. A quienes dejéis libres de los pecados, quedarán libres de ellos; a quienes se los imputéis, les quedarán imputados. Pero Tomás, es decir, Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le decían: - Hemos visto al Señor en persona. Pero él les dijo: - Como no vea en sus manos la señal de los clavos y, además, no meta mi dedo en la señal de los clavos y meta mi mano en su costado, no creo. Ocho días después estaban de nuevo dentro de casa sus discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús estando las puertas atrancadas, se hizo presente en el centro y dijo: - Paz con vosotros. Luego dijo a Tomás: - Trae aquí tu dedo, mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel. Reaccionó Tomás diciendo: - ¡Señor mío y Dios mío! Le dijo Jesús: - ¿Has tenido que verme en persona para acabar de creer? Dichosos los que, sin haber visto, llegan a creer. Ciertamente, Jesús realizó todavía, en presencia de sus discípulos, otras muchas señales que no están escritas en este libro;  estas quedan escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y, creyendo, tengáis vida unidos a él.

JESÚS SALVARÁ A SU IGLESIA

Aterrados por la ejecución de Jesús, los discípulos se refugian en una casa conocida. De nuevo están reunidos, pero ya no está con ellos Jesús. En la comunidad hay un vacío que nadie puede llenar. Les falta Jesús. ¿A quién seguirán ahora? ¿Qué podrán hacer sin él? «Está anocheciendo» en Jerusalén y también en el corazón de los discípulos.
Dentro de la casa están «con las puertas bien cerradas». Es una comunidad sin misión y sin horizonte, encerrada en sí misma, sin capacidad de acogida. Nadie piensa ya en salir por los caminos a anunciar el reino de Dios y curar la vida. Con las puertas cerradas no es posible acercarse al sufrimiento de las gentes.
Los discípulos están llenos de «miedo a los judíos». Es una comunidad paralizada por el miedo, en actitud defensiva. Solo ven hostilidad y rechazo por todas partes. Con miedo no es posible amar al mundo como lo amaba Jesús ni infundir en nadie aliento y esperanza.
De pronto, Jesús resucitado toma la iniciativa. Viene a rescatar a sus seguidores. «Entra en la casa y se pone en medio de ellos». La pequeña comunidad comienza a transformarse. Del miedo pasan a la paz que les infunde Jesús. De la oscuridad de la noche pasan a la alegría de volver a verlo lleno de vida. De las puertas cerradas van a pasar pronto a anunciar por todas partes la Buena Noticia de Jesús.
Jesús les habla poniendo en aquellos pobres hombres toda su confianza: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo a vosotros». No les dice a quién se han de acercar, qué han de anunciar ni cómo han de actuar. Ya lo han podido aprender de él por los caminos de Galilea. Serán en el mundo lo que ha sido él.
Jesús conoce la fragilidad de sus discípulos. Muchas veces les ha criticado su fe pequeña y vacilante. Necesitan la fuerza de su Espíritu para cumplir su misión. Por eso hace con ellos un gesto especial. No les impone las manos ni los bendice, como a los enfermos. Exhala su aliento sobre ellos y les dice: «Recibid el Espíritu Santo».
Solo Jesús salvará a su Iglesia. Solo él nos liberará de los miedos que nos paralizan, romperá los esquemas aburridos en los que pretendemos encerrarlo, abrirá tantas puertas que hemos ido cerrando a lo largo de los siglos, enderezará tantos caminos que nos han desviado de él.
Lo que se nos pide es reavivar mucho más en toda Iglesia la confianza en Jesús resucitado, movilizarnos para ponerlo sin miedo en el centro de nuestras parroquias y comunidades, y concentrar todas nuestras fuerzas en escuchar bien lo que su Espíritu nos está diciendo hoy a sus seguidores.

José Antonio Pagola

Ver y creer (Vídeo)

domingo, 16 de abril de 2017

Domingo de Resurrección, ciclo A

JUAN 20, 1-9
El primer día de la semana, por la mañana temprano, todavía en tinieblas, fue María Magdalena al sepulcro y vio la losa quitada.  Fue entonces corriendo a ver a Simón Pedro y también al otro discípulo, el predilecto de Jesús, y les dijo: - Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto. Salió entonces Pedro y también el otro discípulo y se dirigieron al sepulcro.  Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo se adelantó, corriendo más de prisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Asomándose vio puestos los lienzos; sin embargo, no entró. Llegó también Simón Pedro siguiéndolo, entró en el sepulcro y contempló los lienzos puestos, y el sudario, que había cubierto su cabeza, no puesto con los lienzos, sino aparte, envolviendo determinado lugar.  Entonces, al fin, entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, vio y creyó. Es que aún no habían entendido aquel pasaje donde se dice que tenía que resucitar de la muerte.

VOLVER A GALILEA

Los evangelios han recogido el recuerdo de unas mujeres admirables que, al amanecer del sábado, se han acercado al sepulcro donde ha sido enterrado Jesús. No lo pueden olvidar. Le siguen amando más que a nadie. Mientras tanto, los varones han huido y permanecen tal vez  escondidos.
El mensaje que escuchan al llegar es de una importancia excepcional. El evangelio de Mateo dice así: «Sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí. Ha resucitado, como dijo. Venid a ver el sitio donde yacía». Es un error buscar a Jesús en el mundo de la muerte. Está vivo para siempre. Nunca lo podremos encontrar donde la vida está muerta.
No lo hemos de olvidar. Si queremos encontrar a Cristo resucitado, lleno de vida y fuerza creadora, no hemos de buscarlo en una religión muerta, reducida al cumplimiento externo de preceptos y ritos rutinarios, en una fe apagada que se sostiene en tópicos y fórmulas gastadas, vacías de amor vivo a Jesús.
Entonces, ¿dónde lo podemos encontrar? Las mujeres reciben este encargo: «Id enseguida a decir a los discípulos: "Ha resucitado de entre los muertos y va delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis"». ¿Por qué hay que volver a Galilea para ver al Resucitado? ¿Qué sentido profundo se encierra en esta invitación? ¿Qué se nos está diciendo a los cristianos de hoy?
En Galilea se escuchó, por vez primera y en toda su pureza, la Buena Noticia de Dios y el proyecto humanizador del Padre. Si no volvemos a escucharlos hoy con corazón sencillo y abierto, nos alimentaremos de doctrinas venerables, pero no conoceremos la alegría del Evangelio de Jesús, capaz de «resucitar» nuestra fe.
Además, a orillas del lago de Galilea se fue gestando la primera comunidad de Jesús. Sus seguidores viven junto a él una experiencia única. Su presencia lo llena todo. Él es el centro. Con él aprenden a vivir acogiendo, perdonando, curando la vida y despertando la confianza en el amor insondable de Dios. Si no ponemos cuanto antes a Jesús en el centro de nuestras comunidades, nunca experimentaremos su presencia en medio de nosotros.
Si volvemos a Galilea, la «presencia invisible» de Jesús resucitado adquirirá rasgos humanos al leer los relatos evangélicos, y su «presencia silenciosa» recobrará voz concreta al escuchar sus palabras de aliento.

José Antonio Pagola

domingo, 9 de abril de 2017

Vivir el Domingo de Ramos, ciclo A

MATEO 26, 14-75 y 27, 1-66

Mateo 26
 Entonces uno de los Doce, Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les propuso: ¿Cuánto estáis dispuestos a darme si os lo entrego? Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata (Zac 11,12). 16 Desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo. El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: - ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua? Él contestó: - Id a la ciudad, a casa de Fulano, y dadle este recado: «El Maestro dice que su momento está cerca y que va a celebrar la Pascua en tu casa con sus discípulos». Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la cena de Pascua. Caída la tarde se puso a la mesa con los Doce.  Mientras comían, dijo: - Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar. Ellos, consternados, empezaron a replicarle uno tras otro: - ¿Acaso soy yo, Señor? Respondió él: - Uno que ha mojado en la misma fuente que yo me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero ¡ay de ese hombre que va a entregar al Hijo del hombre! Más le valdría a ese hombre no haber nacido. Entonces reaccionó Judas, el que lo iba a entregar, diciéndole: - ¿Acaso soy yo, Rabbí? Respondió: - Tú lo has dicho. Mientras comían, Jesús cogió un pan, pronunció una bendición y lo partió; luego lo dio a sus discípulos, diciendo: - Tomad, comed: esto es mi cuerpo. Y cogiendo una copa, pronunció una acción de gracias y se la pasó, diciendo: - Bebed todos de ella, pues esto es la sangre de la alianza mía, que se derrama por todos para el perdón de los pecados. Os digo que desde ahora no beberé más de este producto de la vid hasta que llegue el día en que lo beba entre vosotros, nuevo, estando yo en el reino de mi Padre. Y después de cantar salieron para el Monte de los Olivos. 31 Entonces Jesús les dijo: - Esta misma noche vais a fallar todos a causa de mí, porque está escrito: «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño» (Zac 13,11). Pero cuando resucite iré por delante de vosotros a Galilea. Le repuso Pedro: - Aunque todos fallen a causa de ti, yo jamás fallaré. Jesús le declaró: - Te aseguro que esta misma noche, antes de que el gallo cante, renegarás de mí tres veces. Pedro le replicó: - Aunque tenga que morir contigo, jamás renegaré de ti. Y los demás discípulos dijeron lo mismo. Entonces llegó Jesús con sus discípulos a una finca que llamaban Getsemaní, y les dijo: - Sentaos aquí, mientras yo me voy allí a orar. Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, dejó ver su tristeza y su angustia.  Entonces les dijo: - Me muero de tristeza. Quedaos aquí y manteneos despiertos conmigo. Adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y se puso a orar diciendo: -Padre mío, si es posible, que se aleje de mí ese trago. Sin embargo, no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú. Se acercó a los discípulos, los encontró dormidos y dijo a Pedro: - ¿Así que no habéis podido manteneros despiertos conmigo ni una hora?  Manteneos despiertos y pedid no ceder a la tentación; el espíritu es animoso, pero la carne es débil.  Se apartó por segunda vez y oró diciendo: - Padre mío, si no es posible que yo deje de pasarlo, realícese tu designio. Al volver los encontró otra vez dormidos, porque los ojos no se les mantenían abiertos.  Los dejó, se alejó de nuevo y oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras.  Al final se acercó a los discípulos y les dijo: - ¿Así que durmiendo y descansando? Mirad, está cerca el momento de que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores  ¡Levantaos, vamos! Está cerca el que me entrega. Aún estaba hablando cuando de pronto llegó Judas, uno de los Doce, y, con él, una gran multitud con machetes y palos, mandada por los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo.  El traidor les había dado por seña: "El que yo bese, ése es; detenedlo". 49 Se acercó en seguida a Jesús y le dijo: - ¡Salud, Rabbí! Y lo besó con insistencia.  Pero Jesús le contestó: - ¡Amigo, a lo que has venido! Entonces se acercaron a Jesús, le echaron mano y lo detuvieron. Uno de los que estaban con él tiró de machete y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo: - Vuelve el machete a su sitio, que el que a hierro mata a hierro muere. ¿Piensas que no puedo acudir a mi Padre? El pondría a mi lado ahora mismo más de doce legiones de ángeles.  Pero, ¿cómo se cumpliría entonces la Escritura, que dice que esto tiene que pasar? En el momento aquel dijo Jesús a las multitudes: - ¡Con machetes y palos habéis salido a prenderme, como si fuera un bandido! A diario me sentaba en el templo a enseñar y no me detuvisteis. Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que detuvieron a Jesús lo condujeron a casa de Caifás el sumo sacerdote, donde se habían congregado los letrados y los senadores.  Pedro lo fue siguiendo de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote, entró dentro y se sentó con los guardias para ver el fin.  Los sumos sacerdotes y el Consejo en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte,  pero no lo encontraban a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente comparecieron dos 61 que declararon: "Éste ha dicho que puede echar abajo el santuario de Dios y reconstruirlo en tres días". El sumo sacerdote se puso en pie y le preguntó: - ¿No tienes nada que responder? ¿Qué significan estos cargos en contra tuya? Jesús siguió callado. El sumo sacerdote le dijo entonces: - Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios. Jesús le respondió: - Tú lo has dicho; pero además os digo esto: Desde ahora vais a ver al Hijo del hombre sentado a la derecha de la Potencia (Sal 110,1) y llegar sobre las nubes del cielo (Dn 7,13). El sumo sacerdote se rasgó las vestiduras diciendo: - Ha blasfemado, ¿qué falta hacen más testigos? Acabáis de oír la blasfemia,  ¿qué decidís? Contestaron ellos: - Pena de muerte. Entonces le escupieron a la cara y lo golpearon; otros le daban bofetadas, diciendo: "Adivina, Mesías, ¿quien te ha pegado?"  Pedro estaba sentado fuera, en el patio; se le acercó una criada y le dijo: - También tú andabas con Jesús el Galileo. Él lo negó delante de todos, diciendo: - ¡No sé de qué hablas! Al salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí: - Este andaba con Jesús Nazoreo.  Otra vez lo negó, jurándolo: - No sé quién es ese hombre. Al poco rato se le acercaron los que estaban allí y le dijeron: - Tú también eres de ellos, seguro; se te nota en el habla. Entonces Pedro se puso a echar maldiciones y a jurar: - ¡No sé quién es ese hombre! Y enseguida cantó un gallo. Pedro se acordó de las palabras de Jesús: «Antes que cante el gallo renegarás de mí tres veces». Y saliendo fuera, lloró amargamente.
Mateo, 27
 Al amanecer, todos los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo llegaron a un acuerdo para condenar a muerte a Jesús  y, atándolo, lo condujeron a Pilato, el gobernador, y se lo entregaron. Al ver Judas, el traidor, que habían condenado a Jesús, sintió remordimientos. y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y senadores,  diciéndoles: - He pecado, entregando a la muerte a un inocente. Ellos le contestaron: - Y a nosotros, ¿qué? ¡Allá tú!  Entonces arrojó las monedas hacia el santuario y se marchó; luego fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes recogieron las monedas y dijeron: "No está permitido echarlas en el tesoro, porque son precio de sangre."  Y, después de llegar a un acuerdo, compraron con ellas el Campo del Alfarero, para cementerio de forasteros.  Por eso aquel campo se llama todavía hoy «Campo de Sangre».  Entonces se cumplió lo dicho por el profeta Jeremías: «Tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado según la tasa de los hijos de Israel,  y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había mandado el Señor» (Jr 32,6-9; Zac 11,12-13). Jesús compareció ante el gobernador, y el gobernador lo interrogó: - ¿Tú eres el rey de los judíos? Jesús declaró: - Tú lo estás diciendo. Mientras duró la acusación de los sumos sacerdotes y senadores no replicó nada.  Entonces le preguntó Pilato: - ¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti? No le contestó a una sola pregunta, de suerte que el gobernador estaba sumamente extrañado. Por la Fiesta acostumbraba el gobernador a soltar un preso, el que la multitud quisiera. Tenía entonces un preso famoso, Jesús Barrabás. Cuando se congregó la gente, les preguntó Pilato: - ¿A quién queréis que os suelte, a Jesús Barrabás o a Jesús a quien llaman el Mesías? Porque sabía que se lo habían entregado por envidia.  Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó recado: "Deja en paz a ese justo, que esta noche he sufrido mucho en sueños por causa suya." A pesar de todo, los sumos sacerdotes y los senadores convencieron a las multitudes de que pidieran a Barrabás y muriese Jesús. El gobernador tomó la palabra: - ¿A cuál de los dos queréis que os suelte? Contestaron ellos: - A Barrabás. Pilato les preguntó: - Y ¿qué hago con Jesús, a quien llaman el Mesías? Contestaron todos: - ¡Que lo crucifiquen! Pilato repuso: - Pero ¿qué ha hecho de malo? Ellos gritaban más y más: -¡Que lo crucifiquen! Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, pidió agua y se lavó las manos cara a la gente, diciendo: - Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros! El pueblo entero contestó: - ¡Nosotros y nuestros hijos respondemos de su sangre! Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de mandarlo azotar, lo entregó para que lo crucificaran. A continuación, los soldados del gobernador llevaron a Jesús a la residencia y reunieron alrededor de él toda la compañía.  Lo desnudaron y le echaron encima un manto escarlata; después trenzaron una corona de espino, se la pusieron en la cabeza y en la mano derecha una caña. Doblando la rodilla ante él, le decían de burla: "¡Salud, rey de los judíos!" Le escupieron, le quitaron la caña y se pusieron a pegarle en la cabeza. Terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y se lo llevaron para crucificarlo.  Al salir encontraron a un hombre de Cirene que se llamaba Simón y lo forzaron a llevar su cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir «La Calavera»),  le dieron a beber vino mezclado con hiel (Sal 69,22); él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo se repartieron su ropa echándola a suerte (Sal 22,19) y luego se sentaron allí a custodiarlo. Encima de su cabeza colocaron un letrero con la acusación: "ÉSTE ES JESÚS, EL REY DE LOS JUDÍOS". Crucificaron entonces con él a dos bandidos, uno a la derecha y el otro a la izquierda. Los que pasaban lo injuriaban, y decían, meneando la cabeza (Sal 22,8) :  - ¡Tú que echabas abajo el santuario y lo reconstruías en tres días! Si eres Hijo de Dios, sálvate y baja de la cruz. Así también los sumos sacerdotes, en compañía de los letrados y los senadores, bromeaban:  - Ha salvado a otros y él no se puede salvar. ¡Rey de Israel! Que baje ahora de la cruz y creeremos en él. ¡Había puesto en Dios su confianza! Si de verdad lo quiere Dios, que lo libre (Sal 22,9) ahora; ¿no decía que era Hijo de Dios? Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban. Desde el mediodía hasta la media tarde toda la tierra estuvo en tinieblas. A media tarde gritó Jesús muy fuerte: - Elí, Elí, lemá sabaktani. (Es decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? [Sal 22,2]). Al oírlo, algunos de los que estaban allí decían: - A Elías llama éste. Inmediatamente uno de ellos fue corriendo a coger una esponja, la empapó de vinagre y, sujetándola a una caña, le dio de beber (Sal 69,22). 49 Los demás decían: - Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo.  Jesús dio otro fuerte grito y exhaló el espíritu. Entonces la cortina del santuario se rasgó en dos, de arriba a abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron; después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y los soldados que con él custodiaban a Jesús, viendo el terremoto y todo lo que pasaba, dijeron aterrados: - Verdaderamente éste era Hijo de Dios. Estaban allí mirando desde lejos muchas mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para asistirlo; entre ellas María Magdalena, María la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos. Caída la tarde llegó un hombre rico de Arimatea, de nombre José, que también había sido discípulo de Jesús. Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo y Pilato mandó que se lo entregaran.  José se llevó el cuerpo de Jesús y lo envolvió en una sábana limpia; después lo puso en el sepulcro nuevo excavado para él mismo en la roca, rodó una losa grande a la entrada del sepulcro y se marchó. Estaban allí María Magdalena, y la otra María, sentadas frente al sepulcro. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos acudieron en grupo a Pilato  y le dijeron: - Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor, estando en vida, anunció: «A los tres días resucitaré». Por eso manda que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, roben el cuerpo y digan al pueblo que ha resucitado de la muerte. La última impostura sería peor que la primera. Pilato contesto: - Tomad una guardia; id y asegurad la vigilancia como ya sabéis. Ellos fueron, sellaron la losa, y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.

NADA LE PUDO DETENER

La ejecución del Bautista no fue algo casual. Según una idea muy extendida en el pueblo judío, el destino que espera al profeta es la incomprensión, el rechazo y, en muchos casos, la muerte. Probablemente, Jesús contó desde muy pronto con la posibilidad de un final violento.
Pero Jesús no fue un suicida. Tampoco buscaba el martirio. Nunca quiso el sufrimiento ni para él ni para nadie. Dedicó su vida a combatirlo en la enfermedad, las injusticias, la marginación o la desesperanza. Vivió entregado a «buscar el reino de Dios y su justicia»: ese mundo más digno y dichoso para todos que busca su Padre.
Si Jesús acepta la persecución y el martirio es por fidelidad a ese proyecto de Dios, que no quiere ver sufrir a sus hijos e hijas. Por eso no corre hacia la muerte, pero tampoco se echa atrás. No huye ante las amenazas; tampoco modifica su mensaje ni se desdice de sus afirmaciones en defensa de los últimos.
Le habría sido fácil evitar la ejecución. Habría bastado con callarse y no insistir en lo que podía irritar en el templo o en el palacio del prefecto romano. No lo hizo. Siguió su camino. Prefirió ser ejecutado antes que traicionar su conciencia y ser infiel al proyecto de Dios, su Padre.
Aprendió a vivir en un clima de inseguridad, conflictos y acusaciones. Día a día se fue reafirmando en su misión y siguió anunciando con claridad su mensaje. Se atrevió a difundirlo no solo en las aldeas retiradas de Galilea, sino en el entorno peligroso del templo. Nada lo detuvo.
Morirá fiel al Dios en el que ha confiado siempre. Seguirá acogiendo a todos, incluso a pecadores e indeseables. Si terminan rechazándolo, morirá como un «excluido», pero con su muerte confirmará lo que ha sido su vida entera: confianza total en un Dios que no rechaza ni excluye a nadie de su perdón.
Seguirá buscando el reino de Dios y su justicia, identificándose con los más pobres y despreciados. Si un día lo ejecutan en el suplicio de la cruz, reservado para esclavos, morirá como el más pobre y despreciado, pero con su muerte sellará para siempre su fe en un Dios que quiere la salvación del ser humano de todo lo que le esclaviza.
Los seguidores de Jesús descubrimos el Misterio último de Dios encarnado en su amor y entrega extrema al ser humano. En el amor de ese crucificado está Dios mismo identificado con todos los que sufren, gritando contra todas las injusticias y perdonando a los verdugos de todos los tiempos. En este Dios se puede creer o no creer, pero no es posible burlarse de él. En él confiamos los cristianos. Nada lo detendrá en su empeño por salvar a sus hijos e hijas.


José Antonio Pagola

¿Quién es este? (Vídeo)

La​ ​ciudad​ ​se​ ​preguntaba​ ​alborotada​ ​"¿quién​ ​es​ ​éste?​ ​Alguien​ ​que​ ​entregándose​ ​libremente

domingo, 2 de abril de 2017

Vivir el 5º domingo de Cuaresma ciclo A

JUAN 11, 1-45
Había cierto enfermo, Lázaro, que era de Betania, de la aldea de María y de Marta su hermana. (María era la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con el pelo, y su hermano Lázaro estaba enfermo). Las hermanas le enviaron recado: - Señor, mira que tu amigo está enfermo. Al oírlo, dijo Jesús: - Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios; así se manifestará por ella la gloria del Hijo de Dios. Jesús quería a Marta, a su hermana y a Lázaro. Al enterarse de que estaba enfermo, se quedó, aun así, dos días en el lugar donde estaba. Luego, después de esto, dijo a los discípulos: - Vamos otra vez a Judea. Los discípulos le dijeron: - Maestro, hace nada querían apedrearte los judíos, y ¿vas a ir otra vez allí? Replicó Jesús: - ¿No hay doce horas de día? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, si uno camina de noche, tropieza, porque le falta la luz. Esto dijo, y a continuación añadió: - Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido, pero voy a despertarlo. Le dijeron los discípulos: - Señor, si se ha dormido, se salvará. (Jesús lo había dicho de su muerte, pero ellos pensaron que hablaba del sueño natural). Entonces Jesús les dijo abiertamente: - Lázaro ha muerto,  y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que lleguéis a creer. Ea, vamos a verlo. Entonces Tomás, es decir, Mellizo, dijo a sus compañeros: - Vamos también nosotros a morir con él. Al llegar Jesús, encontró que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania estaba cerca de Jerusalén, a unos tres kilómetros, y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por el hermano. Al enterarse Marta de que llegaba Jesús, le salió al encuentro (María estaba sentada en la casa). Dijo Marta a Jesús: - Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano; pero, incluso ahora, sé que todo lo que le pidas a Dios, Dios te lo dará. Jesús le dijo: - Tu hermano resucitará. Respondió Marta: - Ya sé que resucitará en la resurrección del último día. Le dijo Jesús: - Yo soy la resurrección y la vida; el que me presta adhesión, aunque muera vivirá, pues todo el que vive y me presta adhesión, no morirá nunca. ¿Crees esto? Ella le contestó: - Sí, Señor, yo creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo. Dicho esto, se marchó y llamó a María, su hermana, diciéndole en secreto: - El Maestro está ahí y te llama. Ella, al oírlo, se levantó deprisa y se dirigió adonde estaba él. Jesús no había entrado todavía en la aldea, estaba aún en el lugar adonde había ido Marta a encontrarlo. Los judíos que estaban con María en la casa dándole el pésame, al ver que se había levantado de prisa y había salido, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se le echó a los pies, diciéndole: - Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Jesús entonces, al ver que lloraba ella y que lloraban los judíos que la acompañaban, se reprimió con una sacudida y preguntó: - ¿Dónde lo habéis puesto? Le contestaron: - Ven a verlo, Señor. A Jesús se le saltaron las lágrimas. Los judíos comentaban: - ¡Mirad cuánto lo quería! En cambio, algunos de ellos dijeron: - ¿Y éste, que le abrió los ojos al ciego, no podía hacer también que este otro no muriese? [a] Jesús entonces, reprimiéndose de nuevo, se dirigió al sepulcro. [b] Era una cueva y una losa estaba puesta en la entrada. Dijo Jesús: - Quitad la losa. Le dijo Marta, la hermana del difunto: - Señor, ya huele mal, lleva cuatro días. Le contestó Jesús: - ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la losa. Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: - Gracias, Padre, por haberme escuchado. Yo sabía que siempre me escuchas, pero lo digo por la gente que está alrededor, para que crean que tú me has enviado. Dicho esto, gritó muy fuerte: - ¡Lázaro, ven fuera! Salió el muerto con las piernas y los brazos atados con vendas; su cara estaba envuelta en un sudario. Les dijo Jesús: - Desatadlo y dejadlo que se marche. Muchos de los judíos que habían ido a ver a María y habían presenciado lo que hizo, le dieron su adhesión.

ASÍ QUIERO MORIR YO

Jesús nunca oculta su cariño hacia tres hermanos que viven en Betania. Seguramente son los que le acogen en su casa siempre que sube a Jerusalén. Un día, Jesús recibe un recado: «Nuestro hermano Lázaro, tu amigo, está enfermo». Al poco tiempo Jesús se encamina hacia la pequeña aldea.
Cuando se presenta, Lázaro ha muerto ya. Al verlo llegar, María, la hermana más joven, se echa a llorar. Nadie la puede consolar. Al ver llorar a su amiga y también a los judíos que la acompañan, Jesús no puede contenerse. También él «se echa a llorar» junto a ellos. La gente comenta: «¡Cómo lo quería!».
Jesús no llora solo por la muerte de un amigo muy querido. Se le rompe el alma al sentir la impotencia de todos ante la muerte. Todos llevamos en lo más íntimo de nuestro ser un deseo insaciable de vivir. ¿Por qué hemos de morir? ¿Por qué la vida no es más dichosa, más larga, más segura, más vida?
El hombre de hoy, como el de todas las épocas, lleva clavada en su corazón la pregunta más inquietante y más difícil de responder: ¿qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? Es inútil tratar de engañarnos. ¿Qué podemos hacer ante la muerte? ¿Rebelarnos? ¿Deprimirnos?
Sin duda, la reacción más generalizada es olvidarnos y «seguir tirando». Pero, ¿no está el ser humano llamado a vivir su vida y a vivirse a sí mismo con lucidez y responsabilidad? ¿Solo hacia nuestro final nos hemos de acercar de forma inconsciente e irresponsable, sin tomar postura alguna?
Ante el misterio último de la muerte no es posible apelar a dogmas científicos ni religiosos. No nos pueden guiar más allá de esta vida. Más honrada parece la postura del escultor Eduardo Chillida, al que en cierta ocasión le escuché decir: «De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada».
Los cristianos no sabemos de la otra vida más que los demás. También nosotros nos hemos de acercar con humildad al hecho oscuro de nuestra muerte. Pero lo hacemos con una confianza radical en la bondad del Misterio de Dios que vislumbramos en Jesús. Ese Jesús al que, sin haberlo visto, amamos y al que, sin verlo aún, damos nuestra confianza.
Esta confianza no puede ser entendida desde fuera. Solo puede ser vivida por quien ha respondido, con fe sencilla, a las palabras de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees tú esto?». Recientemente, Hans Küng, el teólogo católico más crítico del siglo XX, cercano ya a su final, ha dicho que, para él, morirse es «descansar en el misterio de la misericordia de Dios». Así quiero morir yo.

José Antonio Pagola