viernes, 31 de agosto de 2012

Adora y Confía (Oración)


No te inquietes por las dificultades de la vida, por sus altibajos, por sus decepciones, por su futuro más o menos sombrío. Desea aquello que Dios desea.

Ofrécele en medio de inquietudes y dificultados el sacrificio de tu alma sencilla que, a pesar de los pesares, acepta los designios de su providencia. Poco importa que te consideres un frustrado, si Dios te considera plenamente realizado; como le place.

Déjate con confianza ciega en este Dios que te quiere para él. Y que llegará hasta ti, pese a que no lo veas nunca. Piensa que te encuentras en sus manos, tanto más fuertemente cogido, cuanto más decaído y triste te encuentres.

Vive feliz. Te lo suplico. Vive en paz. Que nada te turbe. Que nada sea capaz de sacarte la paz. Ni el cansancio psíquico. Ni tus equivocaciones morales.

Haz que brote, y conserva siempre sobre tu rostro, una dulce sonrisa, reflejo de aquella que el Señor continuamente te dirige. Y en el fondo de tu alma coloca, antes que nada, como fuente de energía y criterio de verdad, todo aquello que te llene de la paz de Dios.

Recuerda: Todo aquello que te reprima y inquiete es falso. Te lo aseguro en aras de las leyes de la vida y de las promesas de Dios.

Por esto, cuando te sientas afligido y triste, adora y confía.

-Teilhard de Chardin-

lunes, 27 de agosto de 2012

El Ejemplo de una madre: Santa Mónica


El Papa recuerda la actualidad del ejemplo de santa Mónica en el fomento de las vocaciones en el seno de la familia en la siguiente alocución, hecha desde el Palacio Apostólico de Castelgandolfo, el 30 de agosto de 2009.

…el 27 de agosto, celebramos la memoria litúrgica de santa Mónica, madre de san Agustín, considerada modelo y patrona de las madres cristianas. Muchas noticias sobre ella nos proporciona su hijo en el libro autobiográfico Las confesiones, obra maestra entre las más leídas de todos los tiempos. Aquí conocemos que san Agustín bebió el nombre de Jesús con la leche materna y fue educado por su madre en la religión cristiana, cuyos principios quedaron en él impresos incluso en los años de desviación espiritual y moral. Mónica jamás dejó de orar por él y por su conversión, y tuvo el consuelo de verle regresar a la fe y recibir el bautismo. Dios oyó las plegarias de esta santa mamá, a quien el obispo de Tagaste había dicho: "Es imposible que se pierda un hijo de tantas lágrimas". En verdad, san Agustín no sólo se convirtió, sino que decidió abrazar la vida monástica y, al volver a África, fundó él mismo una comunidad de monjes. Conmovedores y edificantes son los últimos coloquios espirituales entre él y su madre en la quietud de una casa de Ostia, a la espera de embarcarse rumbo a África. Santa Mónica ya había llegado a ser, para este hijo suyo, "más que madre, la fuente de su cristianismo". Su único deseo durante años había sido la conversión de Agustín, a quien ahora veía orientado incluso a una vida de consagración al servicio de Dios. Por lo tanto podía morir contenta, y efectivamente falleció el 27 de agosto del año 387, a los 56 años, después de haber pedido a sus hijos que no se preocuparan por su sepultura, sino que se acordaran de ella, allí donde estuvieran, en el altar del Señor. San Agustín repetía que su madre lo había "engendrado dos veces".
La historia del cristianismo está constelada de innumerables ejemplos de padres santos y de auténticas familias cristianas que han acompañado la vida de generosos sacerdotes y pastores de la Iglesia. Pensemos en san Basilio Magno y san Gregorio Nacianceno, ambos pertenecientes a familias de santos. Pensemos, cercanísimos a nosotros, en los esposos Luigi Beltrame Quattrocchi y Maria Corsini, que vivieron entre finales del siglo XIX y mediados de 1900, beatificados por mi venerado predecesor Juan Pablo II en octubre de 2001, coincidiendo con los veinte años de la exhortación apostólica Familiaris consortio. Este documento, además de ilustrar el valor del matrimonio y los deberes de la familia, llama a los esposos a un particular compromiso en el camino de santidad que, sacando gracia y fortaleza del sacramento del matrimonio, les acompaña a lo largo de toda su existencia (cf. n. 56). Cuando los cónyuges se dedican generosamente a la educación de los hijos, guiándolos y orientándolos en el descubrimiento del designio de amor de Dios, preparan ese fértil terreno espiritual en el que brotan y maduran las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Se revela así hasta qué punto están íntimamente unidas y se iluminan recíprocamente el matrimonio y la virginidad, a partir de su enraizamiento común en el amor esponsal de Cristo.

Santa Mónica


El retrato de Mónica hecho por Agustín

Al final del capítulo 9 del libro IX de sus Confesiones, San Agustín nos presenta este entrañable retrato de su madre Mónica:
“Fue servidora de tus servidores, [Señor Dios]. Quien la conocía encontraba en ella mucho que alabar; y en ella te alababa y te honraba a ti, pues sus buenas obras hacían sentir que ella tenía tu presencia en su corazón.
Había cumplido bien sus deberes para con sus padres, había sido esposa de un solo marido; siempre llevó su casa con piedad y los buenos frutos de su conversación daban de ella alto testimonio. Había educado a sus hijos, y tantas veces los había dado a luz cuantas veía que se desviaban de ti.
Por último, Señor, había cuidado de todos nosotros, que por tu gracia nos llamamos hijos tuyos y después de la gracia del bautismo vivíamos en fraternal comunidad, nos cuidaba y atendía como si fuera la madre de todos; y a todos nos sirvió como si hubiera sido hija de todos”.  


Así decía San Agustín...


domingo, 26 de agosto de 2012

¡Florecer!



Para todas las personas que nutren nuestra vida y nos hacen crecer.
Para quienes han abonado nuestro corazón y nos hacen personas más bellas.
En este día que comienza a florecer.

¡GRACIAS!
Estoy aquí. No te he olvidado. Te llevo en mis brazos, ¡No te soltaré jamás!
                                                                                                  Jesús

Así oraba San Agustín...


VIVIR EL DOMINGO: 21 de Tiempo Ordinario (B)


Juan 6,60-69
En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: - Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso? Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: - ¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen. Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: - Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede. Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: - ¿También vosotros queréis marcharos? Simón Pedro le contestó: - Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.

PREGUNTA DECISIVA
El evangelio de Juan ha conservado el recuerdo de una fuerte crisis entre los seguidores de Jesús. No tenemos apenas datos. Solo se nos dice que a los discípulos les resulta duro su modo de hablar. Probablemente les parece excesiva la adhesión que reclama de ellos. En un determinado momento, "muchos discípulos suyos se echaron atrás". Ya no caminaban con él.
Por primera vez experimenta Jesús que sus palabras no tienen la fuerza deseada. Sin embargo, no las retira sino que se reafirma más: “Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen". Sus palabras parecen duras pero transmiten vida, hacen vivir pues contienen Espíritu de Dios.
Jesús no pierde la paz. No le inquieta el fracaso. Dirigiéndose a los Doce les hace la pregunta decisiva: “¿También vosotros queréis marcharos?". No los quiere retener por la fuerza. Les deja la libertad de decidir. Sus discípulos no han de ser siervos sino amigos. Si quieren puede volver a sus casas.
Una vez más  Pedro responde en nombre de todos. Su respuesta es ejemplar. Sincera, humilde, sensata, propia de un discípulo que conoce a Jesús lo suficiente como para no abandonarlo. Su actitud puede todavía hoy ayudar a quienes con fe vacilante se plantean prescindir de toda fe.
"Señor, ¿a quién vamos a acudir?". No tiene sentido abandonar a Jesús de cualquier manera, sin haber encontrado un maestro mejor y más convincente: Si no siguen a Jesús se quedarán sin saber a quién seguir. No se han de precipitar. No es bueno quedarse sin luz ni guía en la vida.
Pedro es realista. ¿Es bueno abandonar a Jesús sin haber encontrado una esperanza más convincente y atractiva? ¿Basta sustituirlo por un estilo de vida rebajada, sin apenas metas ni horizonte? ¿Es mejor vivir sin preguntas, planteamientos ni búsqueda de ninguna clase?
Hay algo que Pedro no olvida: “Tú tienes palabras de vida eterna". Siente que las palabras de Jesús no son palabras vacías ni engañosas. Junto a él han descubierto la vida de otra manera. Su mensaje les ha abierto a la vida eterna. ¿Con qué podrían sustituir el Evangelio de Jesús? ¿Dónde podrán encontrar una Noticia mejor de Dios?
Pedro recuerda, por último, la experiencia fundamental. Al convivir con Jesús han descubierto que viene del misterio de Dios. Desde lejos, a distancia, desde la indiferencia o el desinterés no se puede reconocer el misterio que se encierra en Jesús. Los Doce lo han tratado de cerca. Por eso pueden decir: "Nosotros creemos y sabemos". Seguirán junto a Jesús.
José Antonio Pagola


A las personas que tocan mi vida (Video)


A las personas de mi Vida. A las que fueron, son y serán. 
A quienes me acompañan, me abren sus brazos, y me quieren con generosidad. 
Así como soy. Con todo lo que soy. 
La Vida es más bonita, con vosotros/as en ella.

Dibujos y texto: Muxote Potolo Bat (www.muxotepotolobat.com)
Música: Keep me in your heart, Warren Zevon, sept 2003

Así decía San Agustín...


sábado, 25 de agosto de 2012

Tu Palabra nos eleva al Cielo


Jn 6, 60-69
Necesitamos, Señor, 
tu Palabra que es la que nos eleva,
nos sintoniza y pone en la onda del Cielo.
Cansados de tantas palabras y palabrería,
queremos escuchar y creer en tu Palabra, que nos conduce a la vida.
No consientas que nos pongamos la venda de la ceguera
y que nos cerremos a la fe.
Escuchar tu mensaje, cargado de perdón, de esperanza, de ánimo,
de compromiso, de fortaleza, nos impulsa en la misión de cada día.

San Agustín de Hipona


La Iglesia Universal celebra la memoria de san Agustín de Hipona, el más grande de los pensadores cristianos latinos de la Antiguedad el día 28 de agosto. Su juventud y su conversión, narradas en su obra Las Confesiones, han sido lectura habitual de muchos jóvenes cristianos. Para conocer un poco más al santo, el papa Benedicto XVI ofreció una magnífica meditación sobre él y su pensamiento:
Queridos hermanos y hermanas:
(...) Quiero volver a las meditaciones sobre los Padres de la Iglesia y hablar hoy del Padre más grande de la Iglesia latina, san Agustín: hombre de pasión y de fe, de altísima inteligencia y de incansable solicitud pastoral. Este gran santo y doctor de la Iglesia a menudo es conocido, al menos de fama, incluso por quienes ignoran el cristianismo o no tienen familiaridad con él, porque dejó una huella profundísima en la vida cultural de Occidente y de todo el mundo.
Por su singular relevancia, san Agustín ejerció una influencia enorme y podría afirmarse, por una parte, que todos los caminos de la literatura latina cristiana llevan a Hipona (hoy Anaba, en la costa de Argelia), lugar donde era obispo; y, por otra, que de esta ciudad del África romana, de la que san Agustín fue obispo desde el año 395 hasta su muerte, en el año 430, parten muchas otras sendas del cristianismo sucesivo y de la misma cultura occidental.
Pocas veces una civilización ha encontrado un espíritu tan grande, capaz de acoger sus valores y de exaltar su riqueza intrínseca, inventando ideas y formas de las que se alimentarían las generaciones posteriores, como subrayó también Pablo VI:  «Se puede afirmar que todo el pensamiento de la antigüedad confluye en su obra y que de ella derivan corrientes de pensamiento que empapan  toda  la  tradición doctrinal de los  siglos  posteriores» (AAS, 62, 1970, p. 426:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 31 de mayo de 1970, p. 10).
San Agustín es, además, el Padre de la Iglesia que ha dejado el mayor número de obras. Su biógrafo, Posidio, dice: parecía imposible que un hombre pudiera escribir tanto durante su vida. En un próximo encuentro hablaremos de estas diversas obras. Hoy nuestra atención se centrará en su vida, que puede reconstruirse a través de sus escritos, y en particular de las Confesiones, su extraordinaria autobiografía espiritual, escrita para alabanza de Dios, que es su obra más famosa. Las Confesiones, precisamente por su atención a la interioridad y a la psicología, constituyen un modelo único en la literatura occidental, y no sólo occidental, incluida la no religiosa, hasta la modernidad. Esta atención a la vida espiritual, al misterio del yo, al misterio de Dios que se esconde en el yo, es algo extraordinario, sin precedentes, y permanece para siempre, por decirlo así, como una "cumbre" espiritual.
Pero, volvamos a su vida. San Agustín nació en Tagaste, en la provincia de Numidia, en el África romana, el 13 de noviembre del año 354. Era hijo de Patricio, un pagano que después fue catecúmeno, y de Mónica, cristiana fervorosa. Esta mujer apasionada, venerada como santa, ejerció en su hijo una enorme influencia y lo educó en la fe cristiana. San Agustín había recibido también la sal, como signo de la acogida en el catecumenado. Y siempre quedó fascinado por la figura de Jesucristo; más aún, dice que siempre amó a Jesús, pero que se alejó cada vez más de la fe eclesial, de la práctica eclesial, como sucede también hoy a muchos jóvenes.
San Agustín tenía también un hermano, Navigio, y una hermana, cuyo nombre desconocemos, la cual, tras quedar viuda, fue superiora de un monasterio femenino. El muchacho, de agudísima inteligencia, recibió una buena educación, aunque no siempre fue un estudiante ejemplar. En cualquier caso, estudió bien la gramática, primero en su ciudad natal y después en Madaura y, a partir del año 370, retórica en Cartago, capital del África romana: llegó a dominar perfectamente el latín, pero no alcanzó el mismo dominio en griego, ni aprendió el púnico, la lengua de sus paisanos.
Precisamente en Cartago san Agustín leyó por primera vez el Hortensius, obra de Cicerón que después se perdió y que se sitúa en el inicio de su camino hacia la conversión. Ese texto ciceroniano despertó en él el amor por la sabiduría, como escribirá, siendo ya obispo, en las Confesiones: «Aquel libro cambió mis aficiones» hasta el punto de que «de repente me pareció vil toda vana esperanza, y con increíble ardor de corazón deseaba la inmortalidad de la sabiduría» (III, 4, 7).
Pero, dado que estaba convencido de que sin Jesús no puede decirse que se ha encontrado efectivamente la verdad, y dado que en ese libro apasionante faltaba ese nombre, al acabar de leerlo comenzó a leer la Escritura, la Biblia. Pero quedó decepcionado, no sólo porque el estilo latino de la traducción de la sagrada Escritura era deficiente, sino también porque el mismo contenido no le pareció satisfactorio. En las narraciones de la Escritura sobre guerras y otras vicisitudes humanas no encontraba la altura de la filosofía, el esplendor de la búsqueda de la verdad, propio de la filosofía. Sin embargo, no quería vivir sin Dios; buscaba una religión que respondiera a su deseo de verdad y también a su deseo de acercarse a Jesús.
De esta manera, cayó en la red de los maniqueos, que se presentaban como cristianos y prometían una religión totalmente racional. Afirmaban que el mundo se divide en dos principios: el bien y el mal. Así se explicaría toda la complejidad de la historia humana. También la moral dualista atraía a san Agustín, pues implicaba una moral muy elevada para los elegidos; quienes, como él, se adherían a esa moral podían llevar una vida mucho más adecuada a la situación de la época, especialmente los jóvenes.
Por tanto, se hizo maniqueo, convencido en ese momento de que había encontrado la síntesis entre racionalidad, búsqueda de la verdad y amor a Jesucristo. Y sacó también una ventaja concreta para su vida: la adhesión a los maniqueos abría fáciles perspectivas de carrera. Adherirse a esa religión, que contaba con muchas personalidades influyentes, le permitía seguir su relación con una mujer y progresar en su carrera. De esa mujer tuvo un hijo, Adeodato, al que quería mucho, muy inteligente, que después estaría presente en su preparación para el bautismo junto al lago de Como, participando en los Diálogos que san Agustín nos dejó. Por desgracia, el muchacho falleció prematuramente.
Cuando tenía alrededor de veinte años, fue profesor de gramática en su ciudad natal, pero pronto regresó a Cartago, donde se convirtió en un brillante y famoso maestro de retórica. Con el paso del tiempo, sin embargo, comenzó a alejarse de la fe de los maniqueos, que le decepcionaron precisamente desde el punto de vista intelectual, pues eran incapaces de resolver sus dudas; se trasladó a Roma y después a Milán, donde residía entonces la corte imperial y donde había obtenido un puesto de prestigio, por recomendación del prefecto de Roma, el pagano Simaco, que era hostil al obispo de Milán, san Ambrosio.
En Milán, san Agustín adquirió la costumbre de escuchar, al inicio con el fin de enriquecer su bagaje retórico, las bellísimas predicaciones del obispo san Ambrosio, que había sido representante del emperador para el norte de Italia. El retórico africano quedó fascinado por la palabra del gran prelado milanés; y no sólo por su retórica. Sobre todo el contenido fue tocando cada vez más su corazón.
El gran problema del Antiguo Testamento, de la falta de belleza retórica y de altura filosófica, se resolvió con las predicaciones de san Ambrosio, gracias a la interpretación tipológica del Antiguo Testamento: san Agustín comprendió que todo el Antiguo Testamento es un camino hacia Jesucristo. De este modo, encontró la clave para comprender la belleza, la profundidad, incluso filosófica, del Antiguo Testamento; y comprendió toda la unidad del misterio de Cristo en la historia, así como la síntesis entre filosofía, racionalidad y fe en el Logos, en Cristo, Verbo eterno, que se hizo carne.
Pronto san Agustín se dio cuenta de que la interpretación alegórica de la Escritura y la filosofía neoplatónica del obispo de Milán le permitían resolver las dificultades intelectuales que, cuando era más joven, en su primer contacto con los textos bíblicos, le habían parecido insuperables.
Así, tras la lectura de los escritos de los filósofos, san Agustín se dedicó a hacer una nueva lectura de la Escritura y sobre todo de las cartas de san Pablo. Por tanto, la conversión al cristianismo, el 15 de agosto del año 386, llegó al final de un largo y agitado camino interior, del que hablaremos en otra catequesis. Se trasladó al campo, al norte de Milán, junto al lago de Como, con su madre Mónica, su hijo Adeodato y un pequeño grupo de amigos, para prepararse al bautismo. Así, a los 32 años, san Agustín fue bautizado por san Ambrosio el 24 de abril del año 387, durante la Vigilia pascual, en la catedral de Milán.
Después del bautismo, san Agustín decidió regresar a África con sus amigos, con la idea de llevar vida en común, al estilo monástico, al servicio de Dios. Pero en Ostia, mientras esperaba para embarcarse, su madre repentinamente se enfermó y poco más tarde murió, destrozando el corazón de su hijo.
Tras regresar finalmente a su patria, el convertido se estableció en Hipona para fundar allí un monasterio. En esa ciudad de la costa africana, a pesar de resistirse, fue ordenado presbítero en el año 391 y comenzó con algunos compañeros la vida monástica en la que pensaba desde hacía bastante tiempo, repartiendo su tiempo entre la oración, el estudio y la predicación. Quería dedicarse sólo al servicio de la verdad; no se sentía llamado a la vida pastoral, pero después comprendió que la llamada de Dios significaba ser pastor entre los demás y así ofrecerles el don de la verdad. En Hipona, cuatro años después, en el año 395, fue consagrado obispo.
Al seguir profundizando en el estudio de las Escrituras y de los textos de la tradición cristiana, san Agustín se convirtió en un obispo ejemplar por su incansable compromiso pastoral:  predicaba varias veces a la semana a sus fieles, ayudaba a los pobres y a los huérfanos, cuidaba la formación del clero y la organización de monasterios femeninos y masculinos.
En poco tiempo, el antiguo retórico se convirtió en uno de los exponentes más importantes del cristianismo de esa época:  muy activo en el gobierno de su diócesis, también con notables implicaciones civiles, en sus más de 35 años de episcopado, el obispo de Hipona influyó notablemente en la dirección de la Iglesia católica del África romana y, más en general, en el cristianismo de su tiempo, afrontando tendencias religiosas y herejías tenaces y disgregadoras, como el maniqueísmo, el donatismo y el pelagianismo, que ponían en peligro la fe cristiana en el Dios único y rico en misericordia.
Y san Agustín se encomendó a Dios cada día, hasta el final de su vida:  afectado por la fiebre mientras la ciudad de Hipona se encontraba asediada desde hacía casi tres meses por los vándalos invasores, como cuenta su amigo Posidio en la Vita Augustini, el obispo pidió que le transcribieran con letras grandes los salmos penitenciales "y pidió que colgaran las hojas en la pared de enfrente, de manera que desde la cama, durante su enfermedad, los podía ver y leer, y lloraba intensamente sin interrupción" (31, 2). Así pasaron los últimos días de la vida de san Agustín, que falleció el 28 de agosto del año 430, sin haber cumplido los 76 años. A sus obras, a su mensaje y a su experiencia interior dedicaremos los próximos encuentros.
 Benedicto XVI: Alocución sobre San Agustín en la Audiencia General del miércoles, 9 de enero de 2008.
Enlaces a las obras de san Agustín
Las Confesiones (versión traducida, según la edición latina de la congregación de San Mauro, por el R. P. Fr. Eugenio Ceballos).

Así decía San Agustín...


lunes, 20 de agosto de 2012

Que te busque...Que te ame


Señor, Dios mío, única esperanza mía,
haz que cansado nunca deje de buscarte,
sino que busque tu rostro siempre con ardor.

Dame la fuerza de buscar,
tú que te has dejado encontrar,
y me has dado la esperanza de encontrarte siempre nuevo.

Ante ti están mi fuerza y mi debilidad:
conserva aquélla, ésta sánala.
Ante ti están mi ciencia y mi ignorancia;
allí donde me has abierto, acógeme al cruzar el umbral;
allí donde me has cerrado, ábreme cuando llamo.

Haz que me acuerde de ti,
que te entienda, que te ame.
Amén

-San Agustín-

Así decía San Agustín...


domingo, 19 de agosto de 2012

VIVIR EL DOMINGO 20 del Tiempo Ordinario (B)

San Juan 6,51-58 

"Tu pan nos lleva al cielo"
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: - Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. Disputaban entonces los judíos entre sí: - ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Entonces Jesús les dijo: - Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre. 

ALIMENTARNOS DE JESÚS
Según el relato de Juan, una vez más los judíos, incapaces de ir más allá de lo físico y material, interrumpen a Jesús, escandalizados por el lenguaje agresivo que emplea:  "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?". Jesús no retira su afirmación sino que da a sus palabras un contenido más profundo.
El núcleo de su exposición nos permite adentrarnos en la experiencia que vivían las primeras comunidades cristianas al celebrar la Eucaristía. Según Jesús, los discípulos no solo han de creer en él, sino que han de alimentarse y nutrir su vida de su misma persona. La Eucaristía es una experiencia central en sus seguidores de Jesús.
Las palabras que siguen no hacen sino destacar su carácter fundamental e indispensable: "Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida". Si los discípulos no se alimentan de él, podrán hacer y decir muchas cosas, pero no han de olvidar sus palabras: "No tenéis vida en vosotros".
Para tener vida dentro de nosotros necesitamos alimentarnos de Jesús, nutrirnos de su aliento vital, interiorizar sus actitudes y sus criterios de vida. Este es el secreto y la fuerza de la Eucaristía. Solo lo conocen aquellos que comulgan con él y se alimentan de su pasión por el Padre y de su amor a sus hijos.
El lenguaje de Jesús es de gran fuerza expresiva. A quien sabe alimentarse de él, le hace esta promesa: "Ese habita en mí y yo en él". Quien se nutre de la Eucaristía experimenta que su relación con Jesús no es algo externo. Jesús no es un modelo de vida que imitamos desde fuera. Alimenta nuestra vida desde dentro.
Esta experiencia de "habitar" en Jesús y dejar que Jesús "habite" en nosotros puede transformar de raíz nuestra fe. Ese intercambio mutuo, esta comunión estrecha, difícil de expresar con palabras, constituye la verdadera relación del discípulo con Jesús. Esto es seguirle sostenidos por su fuerza vital.
La vida que Jesús transmite a sus discípulos en la Eucaristía es la que él mismo recibe del Padre que es Fuente inagotable
de vida plena. Una vida que no se extingue con nuestra muerte biológica. Por eso se atreve Jesús a hacer esta promesa a los suyos: "El que come este pan vivirá para siempre".
Sin duda, el signo más grave de la crisis de la fe cristiana entre nosotros es el abandono tan generalizado de la Eucaristía dominical. Para quien ama a Jesús es doloroso observar cómo la Eucaristía va perdiendo su poder de atracción. Pero es más doloroso aún ver que desde la Iglesia asistimos a este hecho sin atrevernos a reaccionar. ¿Por qué?
José Antonio Pagola


Así decía San Agustín...


miércoles, 15 de agosto de 2012

Ave María (Schubert)

Asunción de la Virgen María


La fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen María, se celebra en toda la Iglesia el 15 de agosto. Esta fiesta tiene un doble objetivo: La feliz partida de María de esta vida y la asunción de su cuerpo al cielo.

“En esta solemnidad de la Asunción contemplamos a María: ella nos abre a la esperanza, a un futuro lleno de alegría y nos enseña el camino para alcanzarlo: acoger en la fe a su Hijo; no perder nunca la amistad con él, sino dejarnos iluminar y guiar por su Palabra; seguirlo cada día, incluso en los momentos en que sentimos que nuestras cruces resultan pesadas. María, el arca de la alianza que está en el santuario del cielo, nos indica con claridad luminosa que estamos en camino hacia nuestra verdadera Casa, la comunión de alegría y de paz con Dios”. 
Homilía de Benedicto XVI (2010)

martes, 14 de agosto de 2012

El Principito y el nativo digital


(Capitulo perdido del Principito)
El octavo planeta estaba habitado por un nativo digital. Tenía un Smartphone en las manos y no dejaba de tocarlo con los dedos.
¡Buenos días!- Dijo el Principito.
¡Buenos días!- respondió cortésmente el nativo, pero no alzó la mirada de su aparato. Las yemas de los dedos no cesaban de posarse sobre la pantalla.
¿Qué haces?-  preguntó el principito.
Converso con mis amigos- contestó el nativo sin alzar la mirada.
Pero estás solo, ¿dónde están tus amigos?
Por ahí… por allá… -contestó el nativo.
¿Vamos a mirar un atardecer?
No puedo – contestó el nativo. –Estoy conversando con mis amigos.
Pero estás solo.
No, algunas veces nos vemos en persona. Pero la mayor parte del tiempo nos comunicamos por aquí. Es mucho mejor, no tengo que ir a ningún lado y ellos tampoco.
¿Y de que sirve tener amigos si casi nunca los ves?
Me ahorra tiempo.
¿Tiempo para qué?- preguntó el principito.
Para conversar con mis amigos.
Tal vez no vale la pena tener amigos –pensó el principito- si uno siempre va estar solo.”

domingo, 12 de agosto de 2012

VIVIR EL DOMINGO 19 Tiempo Ordinario(B)


Juan 6, 41-51
En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?». Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: 'Serán todos discípulos de Dios'. Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo». 
EL CAMINO PARA CREER EN JESÚS
Según el relato de Juan, Jesús repite cada vez de manera más abierta que viene de Dios para ofrecer a todos un alimento que da vida eterna. La gente no puede seguir escuchando algo tan escandaloso sin reaccionar. Conocen a sus padres. ¿Cómo puede decir que viene de Dios?
A nadie nos puede sorprender su reacción. ¿Es razonable creer en Jesucristo? ¿Cómo podemos creer que en ese hombre concreto, nacido poco antes de morir Herodes el Grande, y conocido por su actividad profética en la Galilea de los años treinta, se ha encarnado el Misterio insondable de Dios.
Jesús no responde a sus objeciones. Va directamente a la raíz de su incredulidad: "No critiquéis". Es un error resistirse a la novedad radical de su persona obstinándose en pensar que ya saben todo acerca de su verdadera identidad. Les indicará el camino que pueden seguir.
Jesús presupone que nadie puede creer en él si no se siente atraído por su persona. Es cierto. Tal vez, desde nuestra cultura, lo entendemos mejor que  aquellas gentes de Cafarnaún. Cada vez nos resulta más difícil creer en doctrinas o ideologías. La fe y la confianza se despiertan en nosotros cuando nos sentimos atraídos por alguien que nos hace bien y nos ayuda a vivir.
Pero Jesús les advierte de algo muy importante:"Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado". La atracción hacia Jesús la produce Dios mismo. El Padre que lo ha enviado al mundo despierta nuestro corazón para que nos acerquemos a Jesús con gozo y confianza, superando dudas y resistencias.
Por eso hemos de escuchar la voz de Dios en nuestro corazón y dejarnos conducir por él hacia Jesús. Dejarnos enseñar dócilmente por ese Padre, Creador de la vida y Amigo del ser humano: “Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí".
La afirmación de Jesús resulta revolucionaria para aquellos hebreos. La tradición bíblica decía que el ser humano escucha en su corazón la llamada de Dios a cumplir fielmente la Ley. El profeta Jeremías había proclamado así la promesa de Dios: "Yo pondré mi Ley dentro de vosotros y la escribiré en vuestro corazón".
Las palabras de Jesús nos invitan a vivir una experiencia diferente. La conciencia no es solo el lugar recóndito y privilegiado en el que podemos escuchar la Ley de Dios. Si en lo íntimo de nuestro ser, nos sentimos atraídos por lo bueno, lo hermoso, lo noble, lo que hace bien al ser humano, lo que construye un mundo mejor, fácilmente no sentiremos invitados por Dios a sintonizar con Jesús. Es el mejor camino para creer en él.
José Antonio Pagola


sábado, 11 de agosto de 2012

Eres pan bajado del cielo


Jn 6,41-51

El pan de vida llega a la tierra con forma de bebé, como uno de los nuestros, pequeño, débil, sin hacerse notar. Viene en los brazos del Padre y se convierte en el alimento verdadero para una humanidad que tiene hambre de Dios, de pan, de sentido, de plenitud.
 Esta cesta de pan no la reconocen aquellos que esperan plenitud en el brillo de lo fugaz y en la superficialidad de lo que no tiene raíz ni fundamento.
 El pan de vida nos alimenta para siempre, nos hace hermanos, nos convierte en pan. El pan de vida sabe a horno, hogar, leña, chimenea y comida compartida. 
Danos siempre de ese pan, Señor.

viernes, 10 de agosto de 2012

Anita (Película)


“Anita”, película argentina dirigida por Marcos Carnevale retrata la historia de una niña con síndrome de Down.
Anita (Alejandra Manzo), vive con su mamá (Norma Aleandro) en la cotidianeidad del barrio de Once en Buenos Aires. La ternura y dedicación con la que es cuidada la niña pronto se ofusca una mañana en la que se origina una fuerte explosión en un edificio cercano. Era un 18 de Julio de 1994, Anita había quedado bajo muebles y cartones destruidos de la tienda donde trabajaban. La niña, por suerte a salvo y con sólo algunos rasguños, sin comprender la magnitud del suceso sale a buscar a su madre que nunca regresó de hacer unos trámites. En su búsqueda insistente y sin dejos de desesperación, Anita comienza a transitar lugares y personas comunes que le van dando asistencia pero que no terminan de brindarle el acogimiento y el afecto al que estaba acostumbrada.
El atentado a la AMIA fue la mayor tragedia que azotó al país hace diecisiete años, dejando un saldo de 85 muertos, numerosos heridos y una marca social que no termina de cerrarse al no determinarse nunca responsables.
Anita es la expresión de una sociedad que ha quedado huérfana de verdad, y que divaga buscándola sin hallar quien la acoja dignamente. Una película que también pone al descubierto la gran carga de responsabilidad que tenemos al no responder por los más débiles y vulnerables. Una película tan dura como tierna, que al final “ablanda” las más crudas asperezas.
Anita viene a rescatarnos de la tibieza del corazón, de la pereza altiva de nuestra adultez. Anita nos devuelve a la frescura, a la inocencia y a la ternura del niño. Anita nos advierte que, cuando aún la vida pudiese cambiar en un instante, todavía es posible el amor, el bien y la belleza.
Esta película nos sirve para descubrir, en el tierno personaje de Anita, a un ser increíble, como muchos hermanos que tenemos cerca…que tal vez no entienden todo lo que sucede a su alrededor, pero si pueden sentir igual o más que nosotros.

jueves, 9 de agosto de 2012

Danos un corazón grande...


Señor y Padre nuestro,
danos un corazón grande,
capaz de reconocer en nosotros
todos y cada uno de tus dones.

Líbranos de la falsa humildad
que nos impide descubrir
en nuestra vida
la maravilla de tu acción
misericordiosa.

Enséñanos a sabernos
pequeños pero no despreciables,
siervos pero no esclavos,
pobres pero verdaderos hijos tuyos,
y a cantar con alegría y acción de gracias
que has hecho obras grandes
en nosotros
y tu nombre es santo.

Ayúdanos a cultivar con esmero
todas las semillas que tu amor fecundo
va sembrando
en el campo de nuestra vida,
para que, gracias a la acción
de tu Espíritu,
crezcan y fructifiquen
para alabanza de tu gloria.

Te lo pedimos por medio de tu Hijo,
Cristo resucitado,
y por intercesión de María,
madre y hermana,
agraciada y agradecida,
cantora de las maravillas de Dios.

Haznos vivir siempre, como ellos,
en espíritu de bendición, de alabanza
y de acción de gracias. Amén.

-Ángel Sanz Arribas, cmf-

martes, 7 de agosto de 2012

DARÉ MI VIDA POR TI



Yo sé que mi fe tiene sombras, lo sé.
Yo sé que mi amor tiene sombras, también lo sé.
Yo sé que mi esperanza tiene sombras, claro que lo sé.
Y mi ternura, también tiene sombras.
Mi tierra es tierra de penumbras.

¿De dónde vienen mis desencuentros contigo, Señor?
Quiero dar mi vida por ti y no puedo. Te lo digo, pero no es verdad.
¿Cómo despojarme de mis sombras e ir a ti, desnudo, como tú?

Enséñame tú, que te despojaste de todo y nos los diste todo.
Mis sombras, para ti. Tu luz, para mí.
¡Qué admirable intercambio! Sin ti no puedo nada.

 Desde lo hondo de todas mis ausencias, te invoco, Señor.
Desde lo hondo de mis desesperanzas, te invoco, Señor.
Desde lo hondo de mi desconcierto, te suplico, Señor.
Desde lo hondo de mi fracaso, te grito, Señor.
Desde lo hondo de mi pobreza, alzo las manos hacia ti, Señor.
Desde lo hondo de mi soledad, ten piedad de mí, Señor.
Desde lo hondo de mi pecado, ten misericordia de mí, Señor.
Desde lo hondo de la nada, me abro a tu palabra que crea el ser.

¿Hasta cuándo se quebrarán los sueños de los más pequeños?
¿Hasta cuándo se arrugará el amor ante la violencia?
¿Hasta cuándo se agrietará la fidelidad por miedo?
¿Hasta cuándo triunfará el pecado que oculta tu gloria en nuestro rostro?
Tú lo puedes todo. Sin ti soy un caso perdido.

Dicen que tú eres débil en nuestro mundo. Pero no es verdad.
Tú no humillas a nadie, ¿a eso llaman debilidad?
Tú te haces uno de tantos, ¿es eso debilidad?
Tú no levantas el puño, sino que tiendes la mano, ¿será acaso eso debilidad?
Tú siembras sin darte un respiro, confiado en la semilla, ¿eso es debilidad?
Nunca recurres a la violencia para imponer, ¿a eso dicen debilidad?
Vas a la cruz por amor, ¡bendita debilidad!
En tu debilidad crece y crece tu amor, hasta convertirse en derroche.

Le habitaban las sombras por dentro,
te dijo palabras que el viento se llevó como una hoja seca de árbol.
Tú no creíste lo que decían sus labios.
Simón Pedro, tu amigo, quedó desconcertado.
Pero Tú le seguiste ofreciendo tu amistad.
Era de noche, pero Tú estabas ahí en medio.