miércoles, 30 de marzo de 2016

Pascua

PASCUA UNA MANERA NUEVA DE SER, DE ESTAR Y DE VIVIR

Paulo Coelho cuenta una historia que él mismo toma del Internet. El Washington Post quiso hacer una experiencia. Y se aprovechó del gran violinista Joshua Bell. Este se puso a la entrada del metro de Washington, durante 45 minutos, tocando con su violín piezas clásicas como las de J. S. Bach. Y el violín era nada menos que un Stradivarius cuyo precio oscila por los tres millones quinientos mil dólares.
Y puso un sombrero en el suelo. La gente pasaba y nadie le prestaba atención. Algún niño que se sentía sorprendido y peleaba con sus papás para que le dejasen estar un ratito más. En total consiguió, durante 45 minutos, 32 dólares. ¡Y pensar que Bell acababa de dar un concierto en Boston donde las entradas constaban la friolera como mínimo de unos 100 dólares. Pero como aquí era un desconocido y no cobraba y no había carteles publicitándolo, pasó por un desapercibido, un mendigo cualquiera.
¡Cuánta verdad hay en esta historia! Valoramos las cosas, no en sí mismas, sino por todo el adorno que les ponemos. Pagaríamos cien dólares por entrar a uno de sus conciertos. Y no nos detenemos a escucharlo si se sienta a la entrada del metro de Washington. El violinista es el mismo. El violín es el mismo. La música es la misma. La presentación es diferente. El lugar es diferente. Y los que pasan a su lado también pasan indiferentes.
¿No es esto lo que nos sucede con las personas?
¿No es esto lo que nos sucede cuando nos cruzamos con los demás?
Nos fijamos más en el lugar donde vive que en la música de su vida.
Nos fijamos más en los carteles de propaganda que en la persona misma.
Nos fijamos más en el traje que llevan que en el individuo que va vestido.
Nos fijamos más en las apariencias que en la verdad de la gente.
Si Jesús hubiese contratado una Compañía de publicidad para que hiciese la campaña de su resurrección, de seguro que todo el mundo iría a ver el espectáculo, incluso si hubiese que pagar caro. Pero como resucitó sin que nadie se enterase y resucitó siendo todavía muy de madrugada, debió de resucitar solo.
Los mismos discípulos, a pesar de haber sido avisados, no se lo creyeron, y pasaron toda la mañana de Pascua en corridas y dando vueltas a un sepulcro vacío. Tampoco a ellos les fue fácil reconocerle vivo cuando todos lo habían visto muerto y lo habían enterrado. La resurrección fue un acontecimiento anónimo, hasta que El se presenta en medio y les muestra las señales de su identidad.
Yo me preguntaría ¿y en qué consiste también para nosotros la Resurrección de Jesús? Yo diría que en la capacidad de ver más allá del sepulcro vacío.
Diría que para nosotros el mejor signo o señal de que creemos en la Resurrección de Jesús está en saber mirar al otro lado de la realidad…
En reconocer al famoso violinista Bell, aunque esté sentado como un mendigo a la entrada del metro.
Es reconocer que detrás de ese hombre o esa mujer mal vestidos se esconde un hijo de Dios.
Es reconocer que detrás de cada hombre y mujer se encarna nada menos que el mismo Jesús.
Es reconocer que detrás de cada persona desconocida que se nos cruza en la calle, existe un hermano o hermana nuestros.
Es reconocer que detrás de cada hombre y mujer hay un prójimo al que tengo que acercarme. O como decía Benedicto XVI: “mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar”.
La Pascua es un encuentro con el Resucitado. Pero es también:
Una manera nueva de ser, de vivir, de estar en la vida.
Una manera nueva de ver y de mirar.
Una manera nueva capaz de transformar lo que vemos.
Una manera nueva de pasar los unos al lado de los otros.
Una manera nueva de detenernos ante los demás y no pasarnos de largo.
Es una manera nueva de escuchar y valorar la música que emite cada vida.
Si nos dijesen que mañana llega Jesús en avión privado y nos va a ofrecer un concierto de violín por Pascua, todos saldríamos a recibirlo y compraríamos a tiempo nuestras entradas. Pero, como cada día toca su música pascual con el violín de nuestras vidas, ni nos enteramos. Como cada día toca su Stradivarius en la vida de cada hombre, no sabemos reconocerle. Y la Pascua es precisamente eso: ver al otro lado de las cosas, al otro lado del sepulcro, al otro lado de la muerte. Ver que el muerto vive. Ver que los hombres y mujeres son hijos de Dios y hermanos míos.
Juan Jauregui

domingo, 27 de marzo de 2016

Pascua de Resurrección


Testigos de su RESURRECCIÓN

Ser testigo de la resurrección es algo muy hermoso, pero, dada la cultura de muerte que impera entre nosotros, exige no pocos compromisos. Por ejemplo, el testigo de la Pascua debe:

Luchar contra todo lo que origina muerte y conduce a la muerte, contra los violentos e injustos, contra los que siguen crucificando la vida y sembrando corrupción. Defender la vida en plenitud.
Esta defensa vale para la naturaleza toda. El hombre de Pascua debe ser mejor ecologista.

Combatir por lo mismo, las causas de la pobreza. Las estructuras opresivas e insolidarias, el egoísmo que anida en el corazón del hombre y en el corazón del mundo.

Defender la libertad verdadera contra toda situación esclavizante. Esta situación puede ser íntima e individual , puede ser familiar, social y aún eclesiástica. “Para ser libres nos liberó Cristo” (Gál 5,1). La Pascua es siempre fiesta de liberación.

Trabajar por la paz. La paz es también un don de la Pascua que Cristo resucitado ofrecía a sus discípulos. Una vez conseguida después de dura batalla. El que vive la Pascua debe irradiar la paz y debe construir la paz, dondequiera se sienta herida o amenazada. Es ministro de la reconciliación y apóstol de la no-violencia. Defiende y trabaja por la paz de Jesucristo.

Ser testigo de alegría y esperanza. Saber dar razón de nuestra fe ante todos aquellos que no creen en la primavera y no quieren florecer. Decir que los ideales son necesarios y que las utopías son posibles. No tienen razón los mediocres, los conformistas, los rutinarios. Desde que resucitó nuestro Señor Jesucristo, todas las metas son alcanzables.

Vivir en la verdad. Nos hemos acostumbrado no sólo a decir mentiras, sino a vivir en la mentira; es decir, a no sentir lo que decimos, a no expresar lo que pensamos, a no cumplir lo que prometemos, a no ser lo que aparentamos, a no vivir lo que creemos y profesamos. Tantas verdades a medias y tantos intereses no confesados. Pero la Pascua es luz, transparencia total. El hombre resucitado se esfuerza por desenmascarar la hipocresía de la vida.

Vivir en el amor. Es el secreto último de la Pascua y la fuerza que lleva a resurrección. Un hombre resucitado es un hombre que perdona, que comprende, que sufre, que comparte, que se entrega. En una sociedad egoísta e inmisericorde, él debe poner misericordia. “El debe ser el corazón de un mundo sin corazón”.


JUAN JAUREGUI

Vive el Domingo de Resurrección, ciclo C

JUAN 20, 1-9
El primer día de la semana, por la mañana temprano, todavía en tinieblas, fue María Magdalena al sepulcro y vio la losa quitada. Fue entonces corriendo a ver a Simón Pedro y también al otro discípulo, el predilecto de Jesús, y les dijo: - Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto. Salió entonces Pedro y también el otro discípulo y se dirigieron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo se adelantó, corriendo más de prisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro.  Asomándose vio puestos los lienzos; sin embargo, no entró. Llegó también Simón Pedro siguiéndolo, entró en el sepulcro y contempló los lienzos puestos,  y el sudario, que había cubierto su cabeza, no puesto con los lienzos, sino aparte, envolviendo determinado lugar. Entonces, al fin, entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, vio y creyó. Es que aún no habían entendido aquel pasaje donde se dice que tenía que resucitar de la muerte.

¿DÓNDE BUSCAR AL QUE VIVE?

La fe en Jesús, resucitado por el Padre, no brotó de manera natural y espontánea en el corazón de los discípulos.  Antes de encontrarse con él, lleno de vida, los evangelistas hablan de su desorientación, su búsqueda en torno al sepulcro, sus interrogantes e incertidumbres.
María de Magdala es el mejor prototipo de lo que acontece probablemente en todos. Según el relato de Juan, busca al crucificado en medio de tinieblas, «cuando aún estaba oscuro». Como es natural, lo busca «en el sepulcro». Todavía no sabe que la muerte ha sido vencida. Por eso, el vacío del sepulcro la deja desconcertada. Sin Jesús, se siente perdida.
Los otros evangelistas recogen otra tradición que describe la búsqueda de todo el grupo de mujeres. No pueden olvidar al Maestro que las ha acogido como discípulas: su amor las lleva hasta el sepulcro. No encuentran allí a Jesús, pero escuchan el mensaje que les indica hacia dónde han de orientar su búsqueda: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado».
La fe en Cristo resucitado no nace tampoco hoy en nosotros de forma espontánea, solo porque lo hemos escuchado desde niños a catequistas y predicadores. Para abrirnos a la fe en la resurrección de Jesús, hemos de hacer nuestro propio recorrido. Es decisivo no olvidar a Jesús, amarlo con pasión y buscarlo con todas nuestras fuerzas, pero no en el mundo de los muertos. Al que vive hay que buscarlo donde hay vida.
Si queremos encontrarnos con Cristo resucitado, lleno de vida y de fuerza creadora, lo hemos de buscar, no en una religión muerta, reducida al cumplimiento y la observancia externa de leyes y normas, sino allí donde se vive según el Espíritu de Jesús, acogido con fe, con amor y con responsabilidad por sus seguidores.
Lo hemos de buscar, no entre cristianos divididos y enfrentados en luchas estériles, vacías de amor a Jesús y de pasión por el Evangelio, sino allí donde vamos construyendo comunidades que ponen a Cristo en su centro porque, saben que «donde están reunidos dos o tres en su nombre, allí está él».
Al que vive no lo encontraremos en una fe estancada y rutinaria, gastada por toda clase de tópicos y fórmulas vacías de experiencia, sino buscando una calidad nueva en nuestra relación con él y en nuestra identificación con su proyecto. Un Jesús apagado e inerte, que no enamora ni seduce, que no toca los corazones ni contagia su libertad, es un «Jesús muerto». No es el Cristo vivo, resucitado por el Padre. No es el que vive y hace vivir.

José Antonio Pagola

La Pascua de la vida - Pascua de Resurrección (Vídeo)

Celebrar la pascua y creer en la resurrección significa 
acoger el testimonio de los pobres, 
la esperanza de los que luchan por la justicia, 
el canto de los que aman la vida, 
la alegría de los que se entregan, 
el gozo de los que perdonan, l
a fe de los que no tienen miedo, 
la ternura de los que ofrecen misericordia, 
la utopía de los que trabajan por una sociedad más justa... 
o sea, ponerse tras las huellas del resucitado, 
reconocerlo en el que está al lado y... 
dejarse encontrar por Él.

En Pascua...

Yo andaba buscando entre los sepulcros
y sólo encontré vacío.
Me decidí a buscarlo entre los hombres
y me di cuenta que estaba vivo.
Que Dios,
no es Dios de muertos
sino Dios de vivos.
Lo creía muerto,
pero Él estaba vivo.
Lo creía sin vida,
pero Él era la Vida.
Ahora cuando quiero ver a Dios
no voy al cementerio.
Ahora salgo a la calle,
a contemplar
a los hombres que caminan.
Porque sé que la Pascua,
es Dios, que vive en el hombre.
Porque sé que la Pascua,
es Dios, caminando con los hombres.
Porque sé que la Pascua,
es Dios, triunfando sobre la muerte.
Porque sé que Dios está vivo
y vive entre nosotros.

Juan Jauregui

Mensaje de PASCUA

Todo era negro y oscuro,
hoy todo es luz y claridad.
Todo parecía que había terminado,
hoy sentimos que todo ha comenzado de nuevo.
Todo parecía imposible,
hoy todo nos parece ya posible.
Todo parecía haber terminado en fracaso,
hoy nos damos cuenta de que todo ha sido un triunfo.
Todo olía a muerte,
hoy todo huele a la vida.
Todo olía a sepulcro,
hoy todo comienza a oler a jardín de flores.

Todos le buscaban en el sepulcro,
hoy todos lo encuentran en la comunidad.
Todos se sentían avergonzados de su cobardía,
hoy todos vuelven a recobrar la alegría del coraje de vivir.
Todos se habían escondido llenos de miedo,
hoy todos vuelven a salir a la calle con un mensaje en el alma.
Antes eran todavía hombres viejos,
hoy todos se sienten los hombres nuevos de la Pascua.
Antes eran los hombres de la carne,
hoy todos comienzan a ser los hombres del Espíritu.
Antes no entendían nada,
hoy su mente se ha llenado de luz.
Antes todos se sentían extraños,
Hoy todos se sienten cercanos.
Antes todos se sentían como ajenos,
Hoy todos se sienten hermanos.

Porque esa es la Pascua.

Vida en vez de muerte.
Amistad en vez de enemistad.
Hermandad en vez de lejanía.
Triunfo en vez de fracaso.
Resurrección en vez de sepulcro.
Ayer todo era viejo, y todo olía a viejo.
Hoy todo es nuevo, y todo huele a nuevo.
Por eso a todos vosotros
Que habéis visto sus manos y sus pies
Y que lo habéis reconocido:

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

martes, 22 de marzo de 2016

Día Mundial del Agua (22 de marzo)


El Día Mundial del Agua se celebra anualmente el 22 de marzo. Su objetivo es poner de relieve la importancia del agua dulce y la promoción de la gestión sostenible de los recursos de agua dulce.
Para 2016, el tema del Día Mundial del Agua es "Agua y El Empleo".

Dar color a la vida


domingo, 20 de marzo de 2016

Vivir el Domingo de Ramos, ciclo C

LUCAS 22, 14 - 23, 56
Cuando llegó la hora, se recostó Jesús a la mesa y los apóstoles con él; y les dijo: - ¡Cuánto he deseado cenar con vosotros esta Pascua antes de mi pasión! Porque os digo que no la comeré más hasta que tenga su cumplimiento en el reino de Dios. Aceptando una copa pronunció una acción de gracias y dijo: - Tomad, repartidla entre vosotros; porque os digo que desde ahora no beberé más del producto de la vid hasta que no llegue el reinado de Dios. Y cogiendo un pan pronunció una acción de gracias, lo partió y se lo dio a ellos diciendo: - Esto es mi cuerpo, [que se entrega por vosotros; haced lo mismo en memoria mía. Después de cenar hizo igual con la copa diciendo: - Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros]. Pero mirad, la mano del que me entrega está a la mesa conmigo. Porque el Hijo del hombre se va, según lo establecido, pero ¡ay del hombre que lo entrega! Ellos empezaron a preguntarse unos a otros quién podría ser el que iba a hacer aquello. Surgió además entre ellos una disputa sobre cuál de ellos debía ser considerado el más grande. Jesús les dijo: - Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen la autoridad sobre ellas se hacen llamar bienhechores. Pero vosotros, nada de eso: al contrario, el más grande entre vosotros iguálese al más joven, y el que dirige al que sirve. Vamos a ver, ¿quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? El que está a la mesa, ¿verdad? Pues yo estoy entre nosotros como el que sirve. Sois vosotros los que os habéis mantenido a mi lado en las tentaciones, y yo os confiero la realeza como mi Padre me la confirió a mí. Cuando yo reine, comeréis y beberéis a mi mesa y os sentaréis en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. ¡Simón, Simón! Mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como el trigo, pero yo he rogado por ti para que no llegue a faltarte la fe. Y tú, cuando te conviertas, afianza a tus hermanos. Él le repuso: - Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a la cárcel y a la muerte. Replicó Jesús: - Te digo, Pedro, que no cantará el gallo antes que hayas negado tres veces que me conoces. Y dijo a todos: - Cuando os envié sin bolsa ni alforja ni sandalias, ¿acaso os faltó algo? Ellos contestaron: Nada. Él añadió: - Pues ahora, el que tenga bolsa, que la coja, y lo mismo la alforja; y el que no tenga, que venda el manto y se compre un machete. Porque os digo que tiene que realizarse en mí lo que está escrito: "Lo tuvieron por un hombre sin ley" (Is 53,12). De hecho, lo que a mí se refiere toca a su fin. Ellos dijeron: - Señor, aquí hay dos machetes. Les replicó: - ¡Basta ya! Salió entonces y se dirigió, como de costumbre, al Monte de los Olivos, y lo siguieron también los discípulos. Llegado a aquel lugar les dijo: - Pedid no ceder a la tentación. Entonces él se alejó de ellos a distancia como de un tiro de piedra y se puso a orar de rodillas, diciendo: - Padre, si quieres, aparta de mí este trago; sin embargo, que no se realice mi designio, sino el tuyo. Levantándose de la oración fue adonde estaban los discípulos, los encontró dormidos por la tristeza y les dijo: - ¡Conque durmiendo! Levantaos y pedid no ceder a la tentación. Aún estaba hablando cuando apareció gente: el llamado Judas, uno de los Doce, iba en cabeza y se acercó a Jesús para besarlo. Jesús le dijo: - Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?  Dándose cuenta de lo que iba a pasar, los que estaban en torno a él dijeron: - Señor, ¿atacamos con el machete? Y uno de ellos atacó al criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Jesús intervino diciendo: - Dejad que lleguen hasta eso. Y, tocándole la oreja, lo curó. Entonces dijo Jesús a los sumos sacerdotes, a los oficiales del templo y a los senadores que habían ido a prenderlo: - Habéis salido con machetes y palos, como a caza de un bandido. Mientras a diario estaba en el templo con vosotros, no me pusisteis las manos encima. Pero ésta es vuestra hora, la del poder de las tinieblas. Lo prendieron, se lo llevaron y lo condujeron a la casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía de lejos. Encendieron un fuego en medio del patio y se sentaron juntos, y Pedro se sentó entre ellos. Una criada, al verlo sentado a la lumbre, se le quedó mirando y dijo: - También éste estaba con él. Pero él lo negó diciendo: - No sé quién es, mujer. Poco después lo vio otro y le dijo: - Tú también eres de ellos. Pedro replicó: - No, hombre; yo, no. Pasada cosa de una hora, otro insistía: - Seguro, también éste estaba con él, porque es también galileo. Pedro contestó: - Hombre, no sé de qué hablas. Y al instante, mientras aún estaba hablando, cantó un gallo. El Señor, volviéndose, fijó la mirada en Pedro, y Pedro se acordó de lo que el Señor le había dicho: "Antes que cante hoy el gallo, me negarás tres veces". Y, saliendo fuera, lloró amargamente. Los hombres que tenían preso a Jesús le daban golpes burlándose de él. Tapándole los ojos, le preguntaban: - Adivina, profeta, ¿quién te ha pegado? Y lo insultaban de otras muchas maneras. Cuando se hizo de día, se reunieron los senadores del pueblo, así como los sumos sacerdotes y letrados, y, haciendo comparecer a Jesús ante su Consejo, le dijeron: - Si tú eres el Mesías, dínoslo. Él les contestó: - Si os lo digo, no lo vais a creer, y, si os hago preguntas, no me vais a contestar. Pero de ahora en adelante el Hijo del hombre estará sentado a la derecha de la Potencia de Dios (Sal 110,1). Dijeron todos: - Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios? Él les declaró: - Vosotros lo estáis diciendo, yo soy. Ellos dijeron: - ¿Qué necesidad tenemos ya de testimonio? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca. Se levantó toda la asamblea y condujeron a Jesús a presencia de Pilato. Empezaron la acusación diciendo: - Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación, impidiendo que se paguen impuestos al César y afirmando que él es Mesías y rey. Pilato lo interrogó: - ¿Tú eres el rey de los judíos? Él le contestó declarando: - Tú lo estás diciendo.  Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a las multitudes: - No encuentro ningún delito en este hombre. Ellos insistían: - Solivianta al pueblo enseñando por todo el país judío; empezó en Galilea y ha llegado hasta aquí. Pilato, al oírlo, preguntó si era galileo; al enterarse de que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo remitió a Herodes, que estaba también en la ciudad de Jerusalén por aquellos días. Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento; hacía tiempo que estaba deseando verlo por lo que oía de él, y esperaba verlo realizar algún milagro. Le hizo numerosas preguntas, pero Jesús no le contestó palabra. Estaban allí los sumos sacerdotes y los letrados acusándolo con vehemencia. Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio; para burlarse de él, le hizo poner un ropaje espléndido y se lo remitió a Pilato. Aquel día se hicieron amigos Herodes y Pilato, que antes estaban enemistados. Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo, y les dijo: - Me habéis traído a este hombre como si fuera un agitador del pueblo; pues bien, yo lo he interrogado delante de vosotros y no he encontrado en él ninguno de los delitos de que lo acusáis. Herodes tampoco, porque nos lo ha devuelto. Ya veis que no ha hecho nada que merezca la muerte, así que le daré un escarmiento y lo soltaré. Pero ellos gritaron todos a una: - ¡Quita de en medio a ése y suéltanos a Barrabás! (A este último lo habían metido en la cárcel por cierta sedición acaecida en la ciudad y por asesinato). Pilato volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos vociferaban: - ¡Crucifícalo, crucifícalo! Él les dijo por tercera vez: - Y ¿qué ha hecho éste de malo? No he encontrado en él ningún delito que merezca la muerte, así que le daré un escarmiento y lo soltaré. Ellos insistían a grandes voces en que lo crucificara, y las voces iban arreciando. Pilato decidió que se hiciera lo que pedían: soltó al que reclamaban (al que habían metido en la cárcel por sedición y asesinato) y a Jesús se lo entregó a su arbitrio. Mientras lo conducían, echaron mano de un tal Simón de Cirene, que llegaba del campo, y le cargaron la cruz para que la llevase detrás de Jesús. Lo seguía una gran muchedumbre del pueblo, incluidas mujeres que se golpeaban el pecho y gritaban lamentándose por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: - Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad mejor por vosotras y por vuestros hijos; porque mirad que van a llegar días en que digan: "Dichosas las estériles, los vientres que no han parido y los pechos que no han criado". Entonces se pondrán a decir a los montes: "Desplomaos sobre nosotros", y a las colinas: "Sepultadnos" (Os 10,8); porque si con el leño verde hacen esto, con el seco, ¿qué irá a pasar? Conducían también a otros, a dos malhechores, para ajusticiarlos con él. Cuando llegaron al lugar llamado "La Calavera", lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía: - Padre, perdónalos, que no saben lo que están haciendo. Se repartieron su ropa echando suertes (Sal 22,19). El pueblo se había quedado observando. Los jefes, a su vez, comentaban con sorna: - A otros ha salvado; que se salve él si es el Mesías de Dios, el Elegido. También los soldados se burlaban de él; se acercaban y le ofrecían vinagre diciendo: - Si tú eres el rey de los judíos, sálvate.  Además, tenía puesto un letrero: ÉSTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS  Uno de los malhechores crucificados lo insultaba. - ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti y a nosotros. Pero el otro se lo reprochó: - Y tú, sufriendo la misma pena, ¿no tienes siquiera temor de Dios? Además, para nosotros es justa, nos dan nuestro merecido; éste, en cambio, no ha hecho nada malo. Y añadió: - Jesús, acuérdate de mí cuando vengas como rey.  Jesús le respondió: - Te lo aseguro: Hoy estarás conmigo en el paraíso. Era ya eso de mediodía, cuando la tierra entera quedó en tinieblas hasta media tarde, porque se eclipsó el sol; y la cortina del santuario se rasgó por medio. Jesús clamó con voz muy fuerte: - Padre, en tus manos pongo mi espíritu. Y, dicho esto, expiró. Viendo lo que había ocurrido, el centurión alababa a Dios diciendo: - Realmente este hombre era justo. Todas las multitudes que se habían reunido para este espectáculo, viendo lo que había ocurrido, fueron regresando a la ciudad, dándose golpes de pecho. Todos sus conocidos se habían quedado a distancia, y también las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea y que estaban viendo aquello. Había un miembro del Consejo, de nombre José, hombre bueno y justo, que no se había adherido ni al designio ni a la acción de los demás. Era natural de Arimatea, ciudad judía, y aguardaba el reinado de Dios. Éste acudió a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Lo descolgó, lo envolvió en una sábana y lo puso en un sepulcro excavado en la roca, donde no habían puesto a nadie todavía. Era día de Preparación y rayaba el día de precepto. Las mujeres que habían llegado con Jesús desde Galilea habían acompañado a José para ver el sepulcro y cómo colocaba su cuerpo. A la vuelta prepararon aromas y ungüentos.

¿QUÉ HACE DIOS EN UNA CRUZ?

Según el relato evangélico, los que pasaban ante Jesús crucificado sobre la colina del Gólgota se burlaban de él y, riéndose de su impotencia, le decían: «Si eres Hijo de Dios, bájate de la cruz». Jesús no responde a la provocación. Su respuesta es un silencio cargado de misterio. Precisamente porque es Hijo de Dios permanecerá en la cruz hasta su muerte.
Las preguntas son inevitables: ¿Cómo es posible creer en un Dios crucificado por los hombres? ¿Nos damos cuenta de lo que estamos diciendo? ¿Qué hace Dios en una cruz? ¿Cómo puede subsistir una religión fundada en una concepción tan absurda de Dios?
Un «Dios crucificado» constituye una revolución y un escándalo que nos obliga a cuestionar todas las ideas que los humanos nos hacemos de un Dios al que supuestamente conocemos. El Crucificado no tiene el rostro ni los rasgos que las religiones atribuyen al Ser Supremo.
El «Dios crucificado» no es un ser omnipotente y majestuoso, inmutable y feliz, ajeno al sufrimiento de los humanos, sino un Dios impotente y humillado que sufre con nosotros el dolor, la angustia y hasta la misma muerte. Con la Cruz, o termina nuestra fe en Dios, o nos abrimos a una comprensión nueva y sorprendente de un Dios que, encarnado en nuestro sufrimiento, nos ama de manera increíble.
Ante el Crucificado empezamos a intuir que Dios, en su último misterio, es alguien que sufre con nosotros. Nuestra miseria le afecta. Nuestro sufrimiento le salpica. No existe un Dios cuya vida transcurre, por decirlo así, al margen de nuestras penas, lágrimas y desgracias. Él está en todos los Calvarios de nuestro mundo.
Este «Dios crucificado» no permite una fe frívola y egoísta en un Dios omnipotente al servicio de nuestros caprichos y pretensiones. Este Dios nos pone mirando hacia el sufrimiento, el abandono y el desamparo de tantas víctimas de la injusticia y de las desgracias. Con este Dios nos encontramos cuando nos acercamos al sufrimiento de cualquier crucificado.
Los cristianos seguimos dando toda clase de rodeos para no toparnos con el «Dios crucificado». Hemos aprendido, incluso, a levantar nuestra mirada hacia la Cruz del Señor, desviándola de los crucificados que están ante nuestros ojos. Sin embargo, la manera más auténtica de celebrar la Pasión del Señor es reavivar nuestra compasión. Sin esto, se diluye nuestra fe en el «Dios crucificado» y se abre la puerta a toda clase de manipulaciones. Que nuestro beso al Crucificado nos ponga siempre mirando hacia quienes, cerca o lejos de nosotros, viven sufriendo.

José Antonio Pagola

Pasito Pasito (Vídeo)

domingo, 13 de marzo de 2016

Vivir el 5º domingo de Cuaresma, ciclo C

JUAN 8, 1-11
Jesús se fue al Monte de los Olivos. Al alba se presentó de nuevo en el templo y acudió a él el pueblo en masa; él se sentó y se puso a enseñarles. Los letrados y los fariseos le llevaron una mujer sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio, le dijeron: - Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio; en la Ley nos mandó Moisés apedrear a esta clase de mujeres; ahora bien, ¿tú qué dices? Esto se lo decían con mala idea, para poder acusarlo. Jesús se inclinó y se puso a escribir con el dedo en el suelo. Como persistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: - Aquel de vosotros que no tenga pecado, sea el primero en tirarle una piedra. Él, inclinándose de nuevo, siguió escribiendo en el suelo. Al oír aquello, se fueron saliendo uno a uno, empezando por los ancianos, y lo dejaron solo con la mujer, que seguía allí en medio. Se incorporó Jesús y le preguntó: - Mujer, ¿dónde están?, ¿ninguno te ha condenado? Respondió ella: - Ninguno, Señor. Jesús le dijo: - Tampoco yo te condeno. Vete y, en adelante, no vuelvas a pecar.

REVOLUCIÓN IGNORADA

Le presentan a Jesús a una mujer sorprendida en adulterio. Todos conocen su destino: será lapidada hasta la muerte según lo establecido por la ley. Nadie habla del adúltero. Como sucede siempre en una sociedad machista, se condena a la mujer y se disculpa al varón. El desafío a Jesús es frontal:«La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras. Tú ¿qué dices?».
Jesús no soporta aquella hipocresía social alimentada por la prepotencia de los varones. Aquella sentencia a muerte no viene de Dios. Con sencillez y audacia admirables, introduce al mismo tiempo verdad, justicia y compasión en el juicio a la adúltera: «el que esté sin pecado, que arroje la primera piedra».
Los acusadores se retiran avergonzados. Ellos saben que son los más responsables de los adulterios que se cometen en aquella sociedad. Entonces Jesús se dirige a la mujer que acaba de escapar de la ejecución y, con ternura y respeto grande, le dice: «Tampoco yo te condeno». Luego, la anima a que su perdón se convierta en punto de partida de una vida nueva: «Anda, y en adelante no peques más».
Así es Jesús. Por fin ha existido sobre la tierra alguien que no se ha dejado condicionar por ninguna ley ni poder opresivo. Alguien libre y magnánimo que nunca odió ni condenó, nunca devolvió mal por mal. En su defensa y su perdón a esta adúltera hay más verdad y justicia que en nuestras reivindicaciones y condenas resentidas.
Los cristianos no hemos sido capaces todavía de extraer todas las consecuencias que encierra la actuación liberadora de Jesús frente a la opresión de la mujer. Desde una Iglesia dirigida e inspirada mayoritariamente por varones, no acertamos a tomar conciencia de todas las injusticias que sigue padeciendo la mujer en todos los ámbitos de la vida. Algún teólogo hablaba hace unos años de «la revolución ignorada» por el cristianismo.
Lo cierto es que, veinte siglos después, en los países de raíces supuestamente cristianas, seguimos viviendo en una sociedad donde con frecuencia la mujer no puede moverse libremente sin temer al varón. La violación, el maltrato y la humillación no son algo imaginario. Al contrario, constituyen una de las violencias más arraigadas y que más sufrimiento genera.
¿No ha de tener el sufrimiento de la mujer un eco más vivo y concreto en nuestras celebraciones, y un lugar más importante en nuestra labor de concienciación social? Pero, sobre todo, ¿no hemos de estar más cerca de toda mujer oprimida para denunciar abusos, proporcionar defensa inteligente y protección eficaz?


José Antonio Pagola

Un desafío (Vídeo)

domingo, 6 de marzo de 2016

Vivir el 4º domingo de Cuaresma, ciclo C

LUCAS 15, 1-32
Todos los recaudadores y descreídos se le iban acercando para escucharlo; por eso tanto los fariseos como los letrados lo criticaban diciendo: - Éste acoge a los descreídos y come con ellos. Entonces les propuso Jesús esta parábola: - Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la descarriada hasta que la encuentra?  Y cuando la encuentra, se la carga a hombros, muy contento; al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: -¡Dadme la enhorabuena! He encontrado la oveja que se me había perdido. Os digo que lo mismo dará más alegría en el cielo un pecador que se enmienda, que noventa y nueve justos que no sienten necesidad de enmendarse. Y si una mujer tiene diez monedas de plata y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas para decirles: -¡Dadme la enhorabuena! He encontrado la moneda que se me había perdido. Os digo que la misma alegría sienten los ángeles de Dios por un solo pecador que se enmienda. Y añadió: - Un hombre tenía dos hijos. El menor le dijo a su padre: -Padre, dame la parte de la fortuna que me toca. El padre les repartió los bienes. A los pocos días, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo como un perdido. Cuando se lo había gastado todo, vino un hambre terrible en aquella tierra, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y buscó amparo en uno de los ciudadanos de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos.  Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, pues nadie le daba de comer. Recapacitando entonces se dijo: Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre. Voy a volver a casa de mi padre y le voy a decir: "Padre, he ofendido a Dios y te he ofendido a ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros". Entonces se puso en camino para casa de su padre. Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y se conmovió; salió corriendo, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. El hijo empezó: - Padre, he ofendido a Dios y te he ofendido a ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: - Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en el dedo y sandalias en los pies;  traed el ternero cebado, matadlo y celebremos un banquete,  porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y se le ha encontrado. Y empezaron el banquete. El hijo mayor estaba en el campo. A la vuelta, cerca ya de la casa, oyó la música y la danza; llamó a uno de los mozos y le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: - Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha mandado matar el ternero cebado por haber recobrado a su hijo sano y salvo. Él se indignó y se negaba a entrar; su padre salió e intentó persuadirlo, pero él replicó a su padre: - A mí, en tantos años como te sirvo sin saltarme nunca un mandato tuyo, jamás me has dado un cabrito para hacer fiesta con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, matas para él el ternero cebado. El padre le respondió: - Hijo, ¡si tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo!  Además, había que hacer fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a vivir, andaba perdido y se le ha encontrado.

EL OTRO HIJO
Sin duda, la parábola más cautivadora de Jesús es la del «padre bueno», mal llamada «parábola del hijo pródigo». Precisamente este «hijo menor» ha atraído siempre la atención de comentaristas y predicadores. Su vuelta al hogar y la acogida increíble del padre han conmovido a todas las generaciones cristianas.
Sin embargo, la parábola habla también del «hijo mayor», un hombre que permanece junto a su padre, sin imitar la vida desordenada de su hermano, lejos del hogar. Cuando le informan de la fiesta organizada por su padre para acoger al hijo perdido, queda desconcertado. El retorno del hermano no le produce alegría, como a su padre, sino rabia: «se indignó y se negaba a entrar» en la fiesta. Nunca se había marchado de casa, pero ahora se siente como un extraño entre los suyos.
El padre sale a invitarlo con el mismo cariño con que ha acogido a su hermano. No le grita ni le da órdenes. Con amor humilde «trata de persuadirlo» para que entre en la fiesta de la acogida. Es entonces cuando el hijo explota dejando al descubierto todo su resentimiento. Ha pasado toda su vida cumpliendo órdenes del padre, pero no ha aprendido a amar como ama él. Ahora solo sabe exigir sus derechos y denigrar a su hermano.
Esta es la tragedia del hijo mayor. Nunca se ha marchado de casa, pero su corazón ha estado siempre lejos. Sabe cumplir mandamientos pero no sabe amar. No entiende el amor de su padre a aquel hijo perdido. Él no acoge ni perdona, no quiere saber nada con su hermano. Jesús termina su parábola sin satisfacer nuestra curiosidad: ¿entró en la fiesta o se quedó fuera?
Envueltos en la crisis religiosa de la sociedad moderna, nos hemos habituado a hablar de creyentes e increyentes, de practicantes y de alejados, de matrimonios bendecidos por la Iglesia y de parejas en situación irregular... Mientras nosotros seguimos clasificando a sus hijos, Dios nos sigue esperando a todos, pues no es propiedad de los buenos ni de los practicantes. Es Padre de todos.
El «hijo mayor» es una interpelación para quienes creemos vivir junto a él. ¿Qué estamos haciendo quienes no hemos abandonado la Iglesia? ¿Asegurar nuestra supervivencia religiosa observando lo mejor posible lo prescrito, o ser testigos del amor grande de Dios a todos sus hijos e hijas? ¿Estamos construyendo comunidades abiertas que saben comprender, acoger y acompañar a quienes buscan a Dios entre dudas e interrogantes? ¿Levantamos barreras o tendemos puentes? ¿Les ofrecemos amistad o los miramos con recelo?

José Antonio Pagola

Vive la misericordia (Vídeo)

sábado, 5 de marzo de 2016

24 horas con el Señor


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viernes, 4 de marzo de 2016

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Jornada 24 horas con el Señor (4 y 5 de Marzo)


24 horas con el Señor